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julio 2, 2026El nacimiento como frontera:
violencia obstétrica, vivencia neonatal y silencios del sistema


Ivana C. Iriarte
Hospital Materno Infantil de San Isidro
Comunicadora social e historiadora, especializada en salud perinatal.
El nacimiento como experiencia compartida
El nacimiento es un acontecimiento profundamente humano que, lejos de ser un mero acto biológico, constituye una escena donde se inscriben marcas neurofisiológicas, emocionales y simbólicas que acompañarán a la díada madre-bebé durante toda la vida.
Sin embargo, la violencia obstétrica, reconocida como forma de violencia de género, suele analizarse desde marcos teóricos que, al centrarse en la mujer como única protagonista del parto, reproducen una mirada adultocéntrica que excluye al recién nacido como sujeto de derechos y receptor de prácticas potencialmente violentas.
Este artículo propone problematizar la invisibilización del recién nacido en el paradigma del parto respetado, mostrando cómo prácticas normalizadas configuran una violencia que carece de reconocimiento en el marco legal argentino y permanece ausente en la mayoría de las legislaciones y guías internacionales sobre parto respetado.
Tesis central
A partir de un recorrido ético, sanitario y neurobiológico, se plantea que el nacimiento es un evento compartido: cuando uno de los cuerpos de la díada es violentado, el otro también lo es.
Nombrar esta violencia es el primer paso para transformarla y construir nacimientos que cuiden y dignifiquen a ambos.
La voz del recién nacido
“No puedo hablar, pero ya sé lo que es el miedo.
No tengo palabras, pero mi cuerpo grita.
No entiendo el mundo, pero reconozco la hostilidad.
Luz blanca. Manos frías. Ruido.
Estoy lejos de ella. Y no entiendo por qué.
¿No se suponía que, al nacer, me abrazarían?
¿No era que la vida empezaba en su pecho?
Me cortan. Me pesan. Me exponen. Me callan.
Alguien me mide. Alguien se ríe. Alguien apura.
Nadie me pide permiso.
Nadie me explica.
Y entonces entiendo algo que no entiendo:
que este mundo no es mío.
Que nací en tierra ajena.
Y que voy a tener que aprender a defenderme desde el principio.”
Violencia obstétrica: más allá de los actos individuales
La violencia obstétrica ha sido definida como una forma específica de violencia institucional ejercida sobre las mujeres gestantes durante el embarazo, el parto y el puerperio. No se trata solamente de actos individuales, sino de prácticas sistematizadas que se perpetúan en nombre de la atención médica.
Pero hay algo más sutil, y a la vez más profundo, que no siempre entra en las definiciones legales: la configuración de la escena del parto/nacimiento como un dispositivo de poder.
La escena del parto como dispositivo de poder
Una escena donde:
- el saber técnico desplaza la experiencia vivida;
- el control vale más que el cuidado;
- el tiempo institucional se impone sobre el tiempo del cuerpo.
Y en ese dispositivo hay una presencia casi siempre omitida: la del recién nacido.
El recién nacido como sujeto invisibilizado
Se lo ha invisibilizado históricamente como sujeto. No se lo reconoce como alguien que percibe, registra y memoriza, sobre todo, a través del cuerpo.
Su llanto es “reflejo”, su movimiento es “involuntario”, su necesidad de contacto es “un detalle” que puede esperar.
Hay algo de lo brutalmente evidente que, sin embargo, se niega sistemáticamente: la violencia, ¿obstétrica?, afecta a la mujer y también alcanza al recién nacido.
Quien nace también está ahí
Y sí, parece insólito tener que recordarlo: quien nace también está ahí.
Y es justamente por eso que necesitamos sacudir la indiferencia y desnudar el absurdo de lo naturalizado.
El cuerpo del recién nacido siente. Percibe la luz, el frío, el tacto, las voces, la ausencia. Registra sin lenguaje.
Pero, como no habla, lo negamos.
Como no reclama, lo callamos.
Como creemos que no recuerda, lo repetimos.
Pero el cuerpo sí recuerda
La negación histórica del dolor neonatal
Hasta no hace tanto, a los bebés se los operaba sin anestesia. No porque no doliera, sino porque se asumía que no podían sentir. Que su sistema nervioso era inmaduro. Y, sin embargo, se agitaban. Lloraban. Se desbordaban sus signos vitales.
El cuerpo respondía. El cuerpo sabía.
Y esa negación del sufrimiento neonatal fue más que un error médico: fue una decisión epistemológica. Una forma de definir qué vidas merecen cuidado y qué cuerpos pueden ser intervenidos sin preguntar. Una violencia avalada por el silencio científico.
Aunque hoy esa práctica se haya corregido, el sesgo persiste. El recién nacido sigue siendo tratado, muchas veces, como un cuerpo a controlar más que como una persona a cuidar.
La eficiencia como justificación
Se lo mide, se lo limpia, se lo traslada, se lo aleja, se lo manipula. Todo en nombre de una supuesta “eficiencia” que raramente contempla su sensibilidad.
Pero el cuerpo inscribe. No necesita palabras para construir memoria.
Evidencia neurobiológica: sensibilidad desde el nacimiento
La evidencia en neurobiología perinatal ha demostrado que los recién nacidos son altamente sensibles a los estímulos sensoriales desde el nacimiento. Son capaces de discriminar voces, registrar olores familiares y responder diferencialmente al contacto físico o a su ausencia.
La separación abrupta, la exposición sostenida a estímulos artificiales, el tacto instrumental o la ausencia del cuerpo materno no son neutros desde el punto de vista fisiológico: generan huellas que el sistema nervioso registra y conserva.
Una memoria neurofisiológica, sin relato
Se trata de una memoria neurofisiológica:
- del cortisol elevado;
- del patrón respiratorio;
- del tono muscular;
- del sistema vagal.
Esa huella no se archiva con palabras, pero sí configura vínculos, respuestas y modos de estar en el mundo.
Y cuando una escena obstétrica se organiza sin cuidado, lo que se inscribe no es el nacimiento, sino el desconcierto.
No es la bienvenida, sino la amenaza.
La escena obstétrica como arquitectura del poder
Cuando la violencia se disfraza de protocolo
La violencia obstétrica casi nunca grita; más bien se disfraza de protocolo.
Se ejerce en nombre del orden, de la eficiencia, de la rutina y, también, del miedo a la tragedia.
Pero sus efectos son profundos, incluso cuando no dejan marcas visibles.
La escena del nacimiento está atravesada por múltiples decisiones institucionales que rara vez consideran al bebé como sujeto.
Qué se prioriza en la escena institucional
Se prioriza:
- el hacer sobre el estar;
- el procedimiento sobre el vínculo;
- la asepsia sobre el apego.
Estas prácticas no son excepciones: son la norma.
Y es precisamente esa normalización la que las vuelve más difíciles de cuestionar.
Prácticas normalizadas que deben ser revisadas
Separar sin necesidad.
Limpiar con fuerza.
Pesar antes de abrazar.
Iluminar sin resguardo.
Aspirar sin necesidad.
Apurar porque hay que seguir.
Se hacen sin detenerse, sin preguntar, sin reconocer que del otro lado hay un cuerpo que siente.
Porque siempre se hicieron.
Porque el sistema teme más a la demora que a la herida.
La intervención que no se nombra como intervención
El recién nacido queda expuesto a una escena de intervención sistemática en el momento más vulnerable de su existencia.
Y lo más inquietante es que muchas veces esa escena ni siquiera es pensada como intervención.
Se la llama “bienvenida al mundo”.
Pero el mundo que se le ofrece es frío, solitario y medicalizado.
Revisar el modelo que sostiene estas prácticas
La atención sanitaria del nacimiento ha estado históricamente atravesada por una mirada patologizante. Por eso, lo urgente no es negarlo, sino revisar críticamente el modelo que la sostiene:
Preguntas necesarias
¿Qué prácticas protegemos por costumbre?
¿A quiénes escuchamos cuando decidimos cómo se nace?
¿Qué cuerpos quedan al margen del cuidado real?
Porque cada gesto institucional comunica algo. Y cuando no comunica cuidado, comunica poder. Y cuando ese poder se impone sobre cuerpos que no pueden defenderse, eso también es violencia.
Nombrar lo innombrado: la violencia que aún no tiene nombre
Los límites de una definición jurídica estricta
Decir que el recién nacido no puede ser receptor de violencia obstétrica porque no es violencia de género es, por un lado, cierto si se analiza desde una definición jurídica estricta, pero insuficiente si estamos hablando de un abordaje ético, sanitario y perinatal.
Vamos por partes.
La violencia obstétrica es un fenómeno relacional
La violencia obstétrica es un fenómeno relacional, no unívoco. Reducirla exclusivamente a violencia de género contra la mujer invisibiliza al binomio.
En un parto intervenido sin consentimiento, con prácticas rutinarias invasivas o traumáticas, no es posible pensar que solo una parte está siendo vulnerada. Si la madre es violentada, el recién nacido lo es también, por arrastre, por simultaneidad, por resonancia.
Dos cuerpos bajo las mismas lógicas de control
Son dos cuerpos implicados en un mismo acto, en un mismo sistema, bajo las mismas lógicas de control.
El recién nacido no es un apéndice.
Tratarlo como un “efecto colateral” del parto es, justamente, uno de los modos más sofisticados de violencia perinatal. Y lo más grave es que ni siquiera tiene nombre en los marcos normativos: por eso, nombrarlo es político.
Derechos del recién nacido y prácticas sistemáticas
Hay prácticas sistemáticas que vulneran derechos del recién nacido.
Esto no es un problema aparte ni una cuestión exclusiva de neonatología. Es parte constitutiva de cómo parimos y nacemos en un sistema biomédico que decide, por defecto, sobre los cuerpos que menos pueden expresarse.
La ley no agota la realidad
La legislación no agota lo que el pensamiento crítico puede y debe problematizar.
Que no esté en la ley no significa que no exista. El recién nacido vive, siente, es sujeto de derechos. El hecho de que no tenga categoría legal como víctima de violencia obstétrica habla más del vacío de nuestro marco normativo que de su experiencia vivida real.
¿Y entonces?
Distinguir sin invisibilizar
Podemos, y debemos, distinguir entre violencia obstétrica como violencia de género, que sí es una categoría jurídica reconocida, y violencia perinatal como fenómeno más amplio, que incluye a mujeres gestantes y recién nacidos.
La ausencia de marco legal no debe inmovilizarnos. Al contrario, nos invita a disputar sentido y a empujar los bordes de lo decible y lo defendible.
Una misma escena, dos cuerpos afectados
Cuando una mujer es sometida a prácticas violentas durante el parto y, de manera simultánea, su recién nacido es expuesto a intervenciones innecesarias, no estamos ante dos situaciones independientes: se trata de expresiones entrelazadas de un mismo sistema de poder que atraviesa y condiciona a ambos cuerpos de manera inseparable.
Nombrar la violencia que viven los recién nacidos no borra la violencia obstétrica: la amplía. La visibiliza en su complejidad.
No competir entre opresiones, sino mostrar la magnitud del problema
Y esa violencia, la que no entra en el marco legal, la que no se denuncia porque ni siquiera se registra como tal, también debe ser dicha.
No para competir entre opresiones, sino para mostrar la magnitud del problema.
Conclusión: lo que aún no tiene nombre
Nombrar como acto político, humano y de justicia
Nombrar la violencia que atraviesa al binomio madre-bebé no es un gesto retórico: es un acto político, humano y de justicia.
Preguntas finales
¿Puede una mujer ser respetada si su bebé no lo es?
¿Y si lo que llamamos rutina no fuera más que violencia sistemática?
¿Puede haber cuidado real cuando se parte de la desconfianza hacia la fisiología?
¿Qué nos dice un sistema que protege más los protocolos que los cuerpos que nacen y paren?
El nacimiento como evento psiconeuroendocrino compartido
Porque, psiconeuroendocrinamente, el nacimiento es un evento compartido: no es posible violentar a uno sin dejar marca en el otro.
Disociar el impacto es imposible; pensar que solo un cuerpo sufre es desconocer que nacer y parir son procesos entrelazados.
Una violencia que sigue operando porque no se nombra
Pero esa violencia compartida aún no tiene nombre.
No figura en los protocolos.
No aparece en las leyes.
No se denuncia.
Y justamente por eso sigue operando.
Nombrarla no es un mero gesto simbólico.
Porque solo al visibilizar lo que aún no se nombra es posible transformar prácticas y garantizar escenarios que dignifiquen a ambos cuerpos: el que pare y el que nace.

