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El siguiente relato profesional forma parte del intercambio (secondment) de Stella Villaermea, realizado entre el 22 de abril y el 26 de mayo de 2025, desde la Universidad Complutense de Madrid (España) al Hospital Materno-Infantil de San Isidro (Argentina), en el marco del proyecto europeo IPOV – Respectful Care.
Testimonio del secondment de Stella Villaermea en el marco del proyecto IPOV
Es miércoles por la mañana. Stella concurrió al ateneo de “Actualización de Hipertensión en el embarazo”, al cual asistió como oyente y en el que observó y vivenció un encuentro “científico y médico”. Pero más que nada, el objetivo de ir al hospital esa mañana del 30 de abril de 2025 fue asistir a los consultorios de Alto Riesgo conmigo. Ya lo habíamos acordado anteriormente en nuestro viaje de vuelta desde Junín: Stella simplemente quería estar presente en las consultas de una mañana en la maternidad. Me había solicitado con mucho respeto quedarse tan solo en un rincón, sentada, observando. Obviamente le dije que sí, e incluso la invité a que aportara lo que ella considerara necesario. Sabía de su respeto. Su mirada, su foco, para mí también eran importantes. Yo también la estaba “observando”.
La lista de pacientes de ese miércoles estaba llena, y no solamente eso: había una paciente que asistía por primera vez, derivada desde Zárate, una localidad a casi 100 km de San Isidro. Era una “derivación”… pero no sabía por qué.
Encuentro:
Llamo a María (nombre ficticio). Estaba sentada junto a su pareja; lo llamaré Pedro. Ambos se levantaron. María ya tenía un embarazo bastante avanzado, según esa panza que se asomó cuando se puso de pie. Entraron al consultorio. Stella se presentó. Yo también me presenté, ya que no nos conocíamos: era su primera consulta. Eran quienes “no tenían historia clínica” (ufff, tenían una MUY FUERTE historia clínica…). Y empezó nuestro encuentro. Anamnesis, antecedentes personales, antecedentes heredofamiliares, antecedentes obstétricos… Primer embarazo.
Estaban cursando un embarazo de 35 semanas. Fue un embarazo que aparentemente había llegado con mucha alegría y con mucha esperanza, como la gran mayoría de los embarazos. Luego de unos controles prenatales del primer trimestre en Zárate, con laboratorios normales y ecografías normales, llegó la ecografía de las 20 semanas: el scan fetal. María hace una pausa en su relato. La miro y noto que se le empezaron a caer las lágrimas. Pedro estaba parado a un costado. Yo casi no lo podía ver. Giré la cabeza para verlo y Pedro también tenía los ojos a punto de explotar. Respiramos. Nos quedamos un rato en silencio. Traté de apoyar mi mano sobre la rodilla de María, ya que ella estaba sentada en la camilla, como un gesto de unirme a su tristeza y “diluirla” un poco…
La difícil introducción para María, de por qué estaban en esa consulta, viniendo desde 100 km, ya había sucedido. María contó que su hijo tenía diagnóstico intraútero de labio leporino y paladar hendido.
Luego de esa pausa, y ya con las cosas más claras, empezamos a hablar. Traté de centrar el foco en todo lo “normal” que ese bebé tenía. Les pregunto el nombre que habían elegido. Me dijeron: Ciro.
Ciro, más allá de este diagnóstico, era un bebé sano, con un crecimiento normal y con el resto de su anatomía normal. Pero ellos necesitaban saber qué iba a pasar con Ciro. Hablamos de probabilidades, de posibles tratamientos, de posibles tiempos y de muchas otras cosas relacionadas con el “problema” que Ciro tenía.
Stella miraba desde atrás. Yo podía sentirla dentro de este espacio íntimo que habíamos generado. Hablamos de su lactancia. María quería saber qué iba a pasar con su lactancia. Le dimos todas las esperanzas: que, directa o indirectamente, Ciro podía recibir su leche, su alimento, su vida. La misma vida que María hoy por hoy le estaba dando a través de su placenta, se la iba a poder seguir dando una vez que Ciro naciera, a través de su leche. María sonríe. Pedro también. Stella aporta, con su voz calma, pausada y amorosa, su convicción de que María podrá darle la teta.
Actualizo entonces laboratorios, ecografía, cultivo… y programo nuevo encuentro.
La miro a María. María estaba callada. Había una tristeza cargada en sus gestos, en sus rasgos, en su mirada. La miro, me mira y le digo, de forma convincente, que todo va a estar bien. Sus ojos explotan en lágrimas. Lo miro a Pedro, y Pedro también lloraba desconsoladamente en silencio, tratando de contener sus “lágrimas de hombre”. Stella, desde atrás y de pie, conteniendo también su gran emoción. Abrazo automáticamente a María y a Ciro. Pedro se acerca y nos abrazamos los cuatro en un fuerte abrazo de hermandad, de unión, de ayuda, de contención. Y les repito a los tres, casi como se repite un mantra: “los vamos a cuidar a todos”…
Stella se acerca. Apoya su mano tímidamente en este círculo, con muchísimo respeto por lo que estaba sucediendo, como queriendo unir su energía a este abrazo, infinito, contenedor, necesario. Y así fue: Stella también se unió a nuestro abrazo. Este abrazo iba mucho más allá de la ciencia, de las probabilidades y de los resultados ecográficos. Este abrazo era la confianza, el hombro, la empatía, la mirada que muchas veces necesitamos todos: tanto María como Pedro, Stella y yo.
Automáticamente, Stella, con mucho respeto, pide decir unas palabras. Los mira y les dice: “Una de mis mejores amigas ha nacido también con labio leporino. La han operado de muy niña y listo. ¡Tiene una vida absolutamente normal, como la mía!” Stella, desde su inmenso amor y sensibilidad, tan solo pretendía explicarles que Ciro iba a ser una “persona normal”. Reímos todos.
Y antes de finalizar la consulta, mientras María y Pedro estaban juntando todos sus papeles, Stella aporta un comentario más: “Ah, y por cierto, ¿sabéis quién es Ciro? Ciro es la estrella más grande y luminosa de nuestra galaxia, así que Ciro va a traer mucha luz…”
Yo a la estrella más luminosa de la Vía Láctea la conocía como Sirio. Quizá de allí derive el nombre Ciro, no lo sé. Pero, ¿qué importa si es Ciro o Sirio? Lo más lindo de todo esto es que tanto María como Pedro se han retirado sabiendo que Ciro seguramente les va a traer mucha luz a sus vidas.
En dos semanas nos volveremos a ver…
01/05/2025 – 23:16 hs | Partos
Era 1 de mayo, Día del Trabajador aquí en Argentina y en todo el mundo. Pero era jueves… y estaba de guardia. Stella nos había pedido a Yamila (matrona) y a mí que, si había algún trabajo de parto durante la guardia, la llamásemos. Que igualmente, aunque fuera un día no laboral, ella vendría.
Habíamos hablado con Stella de sus experiencias/vivencias anteriores en la sala de partos, y las únicas experiencias que había tenido habían sido las propias: una cesárea luego de un “intento de parto”, totalmente traumático e intervenido en la Maternidad del Gregorio Marañón de Madrid; y su segundo parto en Acuarius, una casa de partos en Alicante, con un nacimiento súper respetado, en el agua, sin intervenciones innecesarias y rodeada de amor y felicidad. Fue un bálsamo para ella después de aquella experiencia anterior tan traumática. Nos había contado todo esto durante nuestras enriquecedoras charlas en el viaje a Junín.
En las dos reuniones previas que tuvimos vía Zoom, meses antes de que Stella llegara a su intercambio IPOV en San Isidro, ella nos manifestó en reiteradas oportunidades que, más allá de todas las actividades académicas/jornadas que habíamos organizado durante su estadía en Buenos Aires, su mayor interés era estar con nosotras, en nuestro ámbito, en el día a día de una maternidad. Por eso, el día anterior, en un almuerzo al sol junto con Nuri (también matrona) y Yamila, Stella nos pidió que la llamáramos para poder experimentar por primera vez un parto como “observadora”.
No sé si fue por el feriado o qué, pero la primera consulta obstétrica de guardia para las matronas fue recién a las 21 o 22 horas de ese 1 de mayo. Era una mujer embarazada a término, con antecedente de un parto anterior a término (e intervenido). Se encontraba en trabajo de parto. Yamila le envió un WhatsApp a Stella, invitándola a acompañar el parto junto a ella, si es que estaba despierta o disponible. Automáticamente, Stella respondió que sí, que podía salir hacia la maternidad en ese momento. Yo me ofrecí a pasar a buscarla, ya que era de noche y la ciudad estaba un poco desértica por el fin de semana XL. Fui lo más rápido posible: quería que aprovechara y vivenciara todo el mágico proceso del trabajo de parto y el nacimiento.
Stella me estaba esperando en la puerta de su casa, con su adrenalina y entusiasmo a tope. Ella sabía muy bien que lo que iba a vivir sería algo intenso, único y un gran privilegio: ser testigo de un nacimiento. Llegamos a la maternidad y fuimos directamente a la sala de partos. Stella se colocó un ambo sobre su ropa. Yamila ya estaba allí, junto a Ana (nombre ficticio) y su pareja. A pesar de que Ana se encontraba en franco periodo dilatante, la sensación al entrar era de un gran silencio “vivo”, de intimidad, de respeto. La sala de partos estaba casi a oscuras, con solo una pequeña lámpara que inundaba las paredes de ondas celestes y azules que se movían como olas, como si estuviésemos inmersas en el mar, con pequeñas lucecitas reflejadas en el techo, iluminando y enmarcando todo “ese mar”.
Stella, en silencio, se sumergió en ese mundo y se sentó en un rincón. Yo me quedé afuera. Sentía que ese era un lugar íntimo de Ana, su pareja, Yamila y Stella, y debía mantenerse así. Esperé afuera, en el área de maternidad, en una habitación contigua. Podía escuchar a Ana navegar entre “NO PUEDO MÁS” y jadeos de calma, llenos de endorfinas… El tiempo transcurría. La calma seguía percibiéndose, pero también empezaban a escucharse esos jadeos casi guturales, previos al nacimiento. Había sonido a MILAGRO… a vida…
23:16 hs. Llegó el momento. Ana, en cuatro apoyos, decidió recibir a su hijo. Fue un parto en dos tiempos, según me contó Yamila. Y luego de ese mágico “printing”… de ese encuentro REAL entre madre e hijo… ese niño pasó directamente del cuerpo de Ana a su piel, a su ámbito, a su ÚNICO territorio: su mamá.
Desde afuera se escuchaban las felicitaciones y los “gracias” de Ana. La felicidad se escapaba por las hendiduras de la puerta. Esa sala estaba inundada de vida, de amor, de oxitocina… Todos estábamos inundados de oxitocina.
Al rato, Stella salió de la sala de partos. Ella también estaba plena, con los ojos grandes y brillosos. Se me acercó y me dijo, muy emocionada, que Ana, luego de parir, con su hijo piel con piel, la miró y le dijo que era una mujer con mucha luz. Y no se equivocó. Las mujeres embarazadas y puérperas jamás se equivocan con su intuición. Y Stella es una mujer con mucha luz.
Stella me relataba todo lo que había sucedido dentro de la sala de partos, mientras yo aguardaba del otro lado de la puerta la llegada de ese niño. Me contaba cómo veía al cuerpo de Ana buscar sus posiciones, sus ganas de tirar la toalla y decir “no puedo más”, “basta”; y cómo Yamila, de una forma empática, no directiva, la contenía. Me habló de olores… Stella había percibido un olor al entrar a la sala de partos, el cual fue cambiando con el transcurso del proceso, reconociendo, luego del nacimiento, un olor totalmente distinto. Jamás me percaté de ello… quizá porque nunca me enseñaron a detenerme en eso…
Luego de más de una hora de contacto piel con piel, Ana fue acondicionada para ir a su habitación junto con su hijo y su pareja. Mientras abrigaban al niño, nos quedamos hablando con Ana. Estaba feliz, potenciada, íntegra. Una sonrisa de oreja a oreja dejaba ver unos hermosos dientes blancos. Ana era una mujer plena, como se siente toda mujer luego de parir a su cría sin intervención alguna. Nos despedimos de Ana y su pareja con un hermoso abrazo.
Fuimos con Stella y Yamila hacia la sala de médicos de guardia. Estábamos los tres exaltados y en estado oxitocínico total. ¡Necesitábamos tomar agua fresca!
01:30 hs. Ya no era horario de solicitar un remise. Me ofrecí a llevar a Stella nuevamente a su casa. Estaba cerca, en Martínez. Para mí también era una forma de respirar aire fresco después de vivencias tan movilizadoras.
Durante el viaje, Stella me contó, a grandes rasgos, sus sensaciones y emociones vividas en ese parto. Estaba totalmente conmovida. Había podido ver desde otro lado la magia del nacer. El olor del nacer…
Al llegar a su casa, nos dimos un fuerte abrazo. Un abrazo cómplice, porque estábamos ambas embebidas de la misma energía, de la misma experiencia recién vivida. La experiencia de haber sido testigos, directa o indirectamente (yo desde el otro lado de la sala), del milagro del nacimiento, de la transmutación de esa mujer en madre y de esa pareja en una nueva familia.
Quedamos con Stella en encontrarnos y compartir, una vez procesado, todo este manojo de emociones y sensaciones que se llevó con ella de esa noche del 1 de mayo de 2025.


15 de mayo – San Isidro Labrador
Se encendió de azul con algunos destellos o algunas estrellitas verdes. La nueva sala intenta ser distinta. Intenta ser una casa, un íntimo refugio, un templo. Siempre escuché decir que parir es un acto íntimo, que necesita penumbra, que necesita silencio y mucha espera… Ayer sucedió una vez más.
Ese rinconcito del área de quirófano, que tanto tiempo estuvo casi sin usar, se transformó en una pequeña “casita”. Ayer, Yamila acompañó a una embarazada en un nacimiento. No recuerdo exactamente su edad, era jovencita… ¿18, 17 años? Él la acompañaba en edad. Él se llamaba Oscar, ella Lucía.
Cuando llegamos con Stella, Lucía ya estaba en pleno “estado parto”; se percibía en el ambiente, en sus gemidos, en su cuerpo… como la energía que transitaba su canal la estaba disociando. Por un lado, un animal fuerte, primitivo, emitiendo sonidos que surgen de las entrañas, en pleno acto de parir. Por otro lado, una persona racional que pregunta cuánto tiempo ha pasado, que pregunta hasta cuándo, que pide beber, que decide, que dice “no puedo más”, pero sigue… continúa creyendo en ella, en su cuerpo, en su capacidad de poder parir.
Estábamos con Stella presenciando otro nuevo milagro, intensamente transformador para todos: otro nuevo nacimiento. El nacimiento de Aime, una pequeña que solamente necesitó 36 semanas para decir: “aquí estoy, mi estancia se terminó, el encuentro se acerca”.
Yo entré más tarde “al templo”, pero Stella ya estaba sentada en el piso, apoyada sobre una pared, muy respetuosamente en silencio, con las piernas cruzadas. Podía sentir que Stella estaba casi en un estado meditativo. Acompañaba cada jadeo de la madre. El padre también vibraba. Muy extraño. Pocas veces escuché a un padre jadear junto a una madre. Él le daba su energía vibratoria, la calmaba y aquietaba a su frecuencia. Él le daba el ritmo.
El acto de nacer estaba en pleno proceso: hembra, macho y cría… mujer, hombre y niña. Una trilogía perfecta. Y una maquinaria femenina en plena libertad hormonal, circadiana, energética y sexual.
El ambiente nos envolvió a todos, como abrazándonos tibiamente en esa nube azul. Todos estábamos cubiertos por esa oxitocina que se emanaba de los poros de esa mujer totalmente hormonizada. Todos estábamos hormonizados…
Stella observaba, y cada tanto me hacía un comentario: “¿Cómo se llama aquella mujer? Tiene una energía muy especial. Está muy a gusto aquí”. Y no se equivocaba. Era una enfermera de Neonatología, Loly, que entendió y entiende perfectamente “de qué se trata”; ella sabe cuándo entrar, sabe cuándo hablar, sabe cuándo acercarse sin invadir. Stella leyó su energía.
Oscar estaba sentado en el sillón individual. Ella, en cuatro apoyos, con sus rodillas en la tierra y sus brazos sobre los muslos de Oscar. Era un círculo energético: tierra, madre, padre. Esa conexión necesaria para que desde abajo surja esa energía vital que empuja por nacer.
Stella y yo observábamos. Sabíamos que estábamos presenciando, una vez más, uno de los actos más sagrados del tránsito en este mundo. Nos daba pudor emitir palabras. Ella escribía, anotaba. Yo miraba. Mi atención estaba en ese jadeo, en ese grito que cada vez se hacía más grueso y animal, avisándonos que faltaba poco… y en sus movimientos…
En un momento levanta una pierna, apoya la planta del pie sobre la tierra… su otra rodilla sigue en el suelo… estaba necesitando ampliar algo en su cuerpo, abrirse a la vida.
Yamila le preguntaba si le daba miedo esa sensación. La niña ya estaba ahí, se había presentado sobre su piso pelviano. Ella no contestó. ¿Quizá del miedo no pudo responder?
Yamila le transmitía optimismo, seguridad y confianza en su cuerpo, en su proceso hacia el encuentro.
Su cuerpo empieza a inquietarse. Hay algo que ya no se puede frenar… la energía vital nunca se puede frenar…
Un grito eterno, entre dolor y amor, le abre camino a su cabeza. Su cabecita ya asomó… probablemente alguna deidad estuviera dando vueltas, ayudando en ese primer respiro. Yamila la invita a que, con su mano, acaricie a esa niña que estaba viniendo… lo intenta, pero sigue “teniendo miedo”. En dos tiempos decide nacer: salen sus hombros, su cuerpito, sus piernas…
¡Aime nació!
Yamila la ayudó a recibirla y a colocarla sobre su piel. Piel con piel. Madre con hija. Oscar lloraba. Solo podía apoyar su mano sobre el hombro de esa mujer. De esa nueva madre. De esa hembra que acababa de parir a su cría. La energía era tan grande que este es un acto repetitivo. A los hombres muchas veces les cuesta entrar en ese círculo energético del nacimiento. A pesar de que Oscar estuvo sumamente presente en este proceso, en este tránsito entre “dos mundos”…
Nos miramos con Stella y con Yamila, emocionados. Todos ahí adentro estábamos emocionados. El nacimiento es emoción, amor, felicidad. Todo eso y mucho más estaba ahí. Todos podíamos sentirlo.
Stella necesitó salir. Ese momento es un acto de tres. Y así fue: Aime, sobre la piel de su mamá, recostada en la cama, por fin descansando y esperando alumbrar, conectada aún a su raíz, a su alimento, a su placenta. Esa joven, esa nueva madre, estaba muy feliz. Su pico de oxitocina, el mayor de su vida, se estaba produciendo.
Muy lentamente comenzó a salir de su “Mundo Parto”. Preguntó cuánto tiempo había estado en esa sala. Empezamos a hablar de anécdotas (por ejemplo, el perfume de Oscar, que es el que menos le gusta a ella, y cómo lo retó en plenas contracciones). Empezó a relatar sus sensaciones desde “tan adentro y tan afuera”… hasta finalmente abrazar firmemente a esa niña sobre su pecho…
Oscar se acercó, las besó, les dijo cosas… Seguramente las palabras más lindas, más bellas y más puras que puede decir un hombre que ha visto en su compañera lo valiente y fuerte que es una mujer cuando confía en su coraje, en su cuerpo, en su poder.
IPOV – Cuidar, observar, transformar: relatos desde el intercambio internacional
IPOV (Innovative Approaches to Prevent and Overcome Violence in Perinatal Care) es un proyecto financiado por la Unión Europea en el marco del programa HORIZON-MSCA-2022-Staff Exchange (acuerdo de subvención nº 101130141). El proyecto comenzó el 1 de enero de 2024 y tendrá una duración de cuatro años. Reúne a un amplio consorcio internacional coordinado por la Universidad de Udine (Italia), compuesto por 19 instituciones de seis países europeos y tres latinoamericanos.
Esta iniciativa colaborativa busca transformar la atención perinatal desde una perspectiva feminista, interdisciplinar y basada en los derechos humanos. La estancia de Stella se centró en el aprendizaje mutuo, la observación y la reflexión en el contexto cotidiano de una maternidad pública en Argentina.
Sus experiencias —compartidas a continuación— ofrecen una mirada vívida y conmovedora sobre las prácticas de parto respetado, el intercambio profesional y la profundidad emocional y humana de la atención materna. Asimismo, constituyen un testimonio valioso del compromiso del proyecto con la construcción de una comunidad transnacional de profesionales de la salud implicados en la promoción de la dignidad, la empatía y la equidad en el nacimiento.



