Obstetric violence in a major international reference work on gender and violence
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abril 19, 2026Violencia simbólica y regulación de lo femenino
Una genealogía desde Jacoba de Settesoli hasta la obstetricia contemporánea

Autora: Dra. Laura Abojer
Jefa del Servicio de Obstetricia
Hospital Municipal Materno Infantil de San Isidro,Provincia de Buenos Aires, Argentina
IPOV – International Project on Obstetric Violence
Resumen
El presente artículo propone una lectura genealógica de los mecanismos de regulación de lo femenino a partir del análisis de la figura de Jacoba de Settesoli y su desplazamiento en la historiografía franciscana, en diálogo con prácticas contemporáneas del campo obstétrico. A través de un enfoque teórico que articula los aportes de Michel Foucault en torno al biopoder y de Pierre Bourdieu sobre la violencia simbólica, se sostiene que el silenciamiento de ciertas formas de autonomía femenina no constituye un fenómeno contingente, sino una operación estructural que atraviesa distintos dispositivos históricos.
La exclusión relativa de Jacoba —mujer laica, autónoma y políticamente activa— del relato oficial permite identificar los criterios de legitimidad que han organizado, y continúan organizando, la representación de lo femenino en el campo religioso y, por extensión, en otros ámbitos institucionales. Esta lógica se actualiza en el campo obstétrico contemporáneo, donde la violencia obstétrica no sólo se expresa en prácticas clínicas, sino también en formas sutiles de desautorización del saber y la experiencia de las mujeres sobre sus propios cuerpos. En este sentido, puede comprenderse como una forma de injusticia epistémica, en la medida en que se desacredita a las mujeres como sujetos de conocimiento legítimo respecto de su propia experiencia corporal y reproductiva, tal como ha sido señalado por Ester Massó Guijarro.
A partir del análisis de una escena discursiva situada —un discurso religioso en el marco de la celebración del “día del niño por nacer”aquí en Argentina—, el artículo examina cómo ciertos enunciados operan como dispositivos de producción de verdad que borran la historicidad materna y refuerzan jerarquías de género. En este sentido, se argumenta que la persistencia de estas matrices simbólicas contribuye a la reproducción de desigualdades en el campo de la salud, configurando un orden en el cual sólo determinadas formas de lo femenino son reconocidas como legítimas.
Recuperar figuras como la de Jacoba de Settesoli permite no sólo revisar críticamente la construcción histórica de la santidad y la participación femenina, sino también abrir interrogantes sobre las prácticas contemporáneas, habilitando una reflexión situada sobre los modos en que se produce, regula y, en muchos casos, silencia la experiencia de las mujeres en torno al nacimiento.
Palabras clave: violencia simbólica; biopoder; obstetricia; género; autonomía femenina; Jacoba de Settesoli; violencia obstétrica; IPOV.


Introducción
Las formas en que una sociedad narra el nacimiento no son neutrales: en ellas se condensan regímenes de verdad, jerarquías de género y dispositivos de poder que organizan tanto lo decible como lo pensable. En este sentido, el presente artículo parte de una premisa central: los modos contemporáneos de regulación del cuerpo gestante no pueden comprenderse plenamente sin atender a las matrices históricas que han configurado, a lo largo del tiempo, las condiciones de posibilidad de la autonomía femenina.
Lejos de constituir un campo exclusivamente médico, la obstetricia se inscribe en una trama más amplia de prácticas discursivas e institucionales que intervienen sobre la vida, produciendo subjetividades y delimitando formas legítimas de experiencia. Tal como ha sido ampliamente desarrollado por Michel Foucault, el poder moderno no opera únicamente a través de la prohibición, sino mediante la producción activa de saberes que regulan los cuerpos y orientan las conductas.
Sin embargo, esta regulación también se sostiene en mecanismos más sutiles que naturalizan jerarquías, tal como lo señala Pierre Bourdieu. En el campo obstétrico, esto se traduce en la deslegitimación del saber de las mujeres sobre sus propios cuerpos y en la construcción de modelos de maternidad asociados a la obediencia.
Para comprender estas persistencias, este trabajo propone una lectura genealógica que encuentra en la figura de Francisco de Asís y, especialmente, en Jacoba de Settesoli, un punto de partida significativo.
1. Jacoba de Settesoli: autonomía femenina y silenciamiento en la tradición franciscana
La figura de Jacoba de Settesoli ocupa un lugar singular en los orígenes del movimiento franciscano, aunque su presencia haya sido progresivamente desplazada hacia los márgenes del relato oficial. Nacida en el seno de la nobleza romana y viuda en una etapa relativamente temprana de su vida, Jacoba no sólo dispuso de recursos materiales significativos, sino también de una notable capacidad de acción en el entramado social y político de su tiempo. Este posicionamiento le permitió establecer un vínculo estrecho con Francisco de Asís, al que no sólo acompañó en términos espirituales, sino también en dimensiones logísticas, económicas y relacionales.
A diferencia de otras figuras femeninas asociadas al franciscanismo naciente, Jacoba no se inscribió en la lógica de la clausura ni en los modelos de vida religiosa institucionalizada. Su participación se desplegaba en el mundo, en circulación entre espacios de poder, articulando recursos y voluntades en favor de una orden aún incipiente y carente de estructura consolidada. En este sentido, su rol excedía ampliamente el de una benefactora ocasional: Jacoba intervenía activamente en la sostenibilidad material del proyecto franciscano y en su inserción en el campo social de mayor escala.
El reconocimiento que Francisco de Asís le otorgaba —al nombrarla “hermano Jacoba” (frate Jacopa)— constituye un indicio elocuente de la singularidad de este vínculo. Lejos de ser un gesto anecdótico, esta denominación puede leerse como una forma de desestabilización de las categorías de género vigentes, en tanto habilitaba un tipo de reconocimiento espiritual que no se encontraba mediado por las jerarquías tradicionales ni por los roles asignados a las mujeres dentro del campo religioso.
Sin embargo, esta misma singularidad es la que, posteriormente, dificulta su inscripción en la narrativa hagiográfica institucionalizada. A medida que el franciscanismo se consolida como orden reconocida, se vuelve necesario organizar su memoria en función de modelos de santidad coherentes con las expectativas eclesiásticas. En este proceso, ciertas figuras son privilegiadas en tanto encarnan valores como la obediencia, la interioridad y la vida retirada —como ocurre con Clara de Asís— mientras que otras, cuya presencia remite a formas de autonomía, circulación y poder relacional, resultan más difíciles de integrar.
La progresiva relegación de Jacoba de Settesoli puede comprenderse, entonces, como el efecto de una operación de regulación simbólica que delimita qué formas de lo femenino son narrables y cuáles deben ser atenuadas o desplazadas. No se trata de una exclusión explícita, sino de un silenciamiento que opera a través de la minimización de su rol, su reducción a episodios anecdóticos o su omisión en los relatos centrales. Este tipo de operación no sólo reorganiza el pasado, sino que también contribuye a fijar modelos de referencia para el presente, estableciendo los límites de lo que puede ser reconocido como legítimo en términos de participación femenina.
En este marco, la figura de Jacoba permite visibilizar una tensión constitutiva en la tradición franciscana —y, más ampliamente, en el campo religioso— entre formas de vida que desbordan los esquemas normativos y dispositivos institucionales que buscan absorber o neutralizar esas diferencias. Su desplazamiento del centro del relato no sólo habla de su tiempo, sino que ofrece una clave de lectura para comprender procesos contemporáneos en los cuales ciertas formas de protagonismo femenino continúan siendo, de distintas maneras, desautorizadas o invisibilizadas.
2. El discurso como dispositivo: “el día del niño por nacer” y el borramiento de la experiencia materna
La escena del discurso pronunciado en el marco de la celebración del “día del niño por nacer” constituye un punto de condensación privilegiado para observar la operatoria contemporánea de ciertos dispositivos de producción de sentido en torno al nacimiento. Lejos de tratarse de una mera expresión de creencias individuales, el discurso se inscribe en una trama más amplia de enunciados que, al reiterarse, configuran un régimen de verdad sobre los cuerpos, los vínculos y las jerarquías de género.
Cuando el sacerdote afirma que la primera voz que escucha el bebé es la del padre, no está enunciando un dato verificable, sino instituyendo una narrativa que sitúa lo masculino como origen de la palabra y, por extensión, de la ley. En esta operación, la mujer queda desplazada de su condición de sujeto de enunciación y es reducida a soporte biológico: un cuerpo que aloja, pero no habla; que permite, pero no funda sentido. Esta configuración no sólo reordena simbólicamente el lugar de los progenitores, sino que establece una jerarquía en la cual la mediación masculina aparece como necesaria para el acceso del nuevo sujeto al mundo del lenguaje.
La segunda afirmación —que “no importan las circunstancias del embarazo porque cuando el bebé nace empieza de cero”— profundiza este movimiento mediante una operación de borramiento. Al negar relevancia a las condiciones previas al nacimiento, se desactiva la dimensión histórica de la experiencia materna, invisibilizando factores tales como la violencia, la desigualdad, la vulnerabilidad o incluso el deseo. El nacimiento es presentado como un punto de origen absoluto, desligado de toda trama previa, lo que habilita una lectura descontextualizada que favorece la naturalización de las condiciones en las que ese nacimiento tiene lugar.
Este doble movimiento —institución de una voz originaria masculina y borramiento de la historia materna— puede comprenderse como parte de un dispositivo en el sentido desarrollado por Michel Foucault: un entramado heterogéneo de discursos, prácticas y saberes que no sólo describen la realidad, sino que la producen, organizando las condiciones de posibilidad de lo decible y lo visible. En este caso, el nacimiento es capturado como objeto de regulación simbólica, y la mujer es desplazada hacia una posición secundaria, en la cual su experiencia resulta irrelevante para la construcción del sentido.
A su vez, la eficacia de este tipo de enunciados radica en su capacidad de presentarse como evidentes, como verdades que no requieren justificación. En este punto, resulta pertinente recuperar la noción de violencia simbólica elaborada por Pierre Bourdieu, en tanto permite comprender cómo ciertas formas de dominación se ejercen sin necesidad de coerción explícita, a través de la internalización de esquemas que legitiman la desigualdad. El discurso analizado no se impone por la fuerza, sino por su capacidad de resonar con estructuras simbólicas profundamente arraigadas, que organizan la percepción de lo que es “natural” o “correcto”.
En el campo obstétrico, estas matrices simbólicas no son inocuas. Por el contrario, configuran el terreno sobre el cual se despliegan prácticas concretas que pueden derivar en situaciones de violencia obstétrica. La deslegitimación de la palabra de la mujer, la minimización de su experiencia y la subordinación de su saber corporal al saber experto encuentran, en este tipo de discursos, un correlato simbólico que las refuerza y las naturaliza. Así, lo que en apariencia pertenece al orden de lo discursivo se traduce en efectos materiales sobre los cuerpos y las experiencias.
En este sentido, la escena del “día del niño por nacer” no sólo actualiza una matriz histórica de regulación de lo femenino, sino que también permite visibilizar los modos en que dicha matriz se reactualiza en contextos contemporáneos, contribuyendo a la reproducción de jerarquías que afectan directamente la vivencia del embarazo, el parto y el nacimiento.
3. Continuidades estructurales: del silenciamiento histórico a la violencia obstétrica contemporánea
La distancia temporal que separa la figura de Jacoba de Settesoli de las prácticas obstétricas contemporáneas podría sugerir, en una primera lectura, la existencia de rupturas significativas en los modos de concebir y regular lo femenino. Sin embargo, un análisis más detenido permite identificar no tanto discontinuidades, sino persistencias: formas recurrentes de ordenar, jerarquizar y legitimar ciertas expresiones de la experiencia femenina mientras otras son sistemáticamente desplazadas hacia los márgenes.
En el caso de Jacoba, su progresiva invisibilización en la narrativa franciscana no respondió a la ausencia de relevancia, sino a la dificultad de inscribir su capacidad de acción, su autonomía y su participación activa en un modelo de feminidad compatible con las lógicas institucionales emergentes. Su figura encarnaba una forma de presencia femenina que no podía ser fácilmente regulada: no estaba recluida, no era pasiva, no mediaba su vínculo espiritual a través de las estructuras previstas. Su desplazamiento del centro del relato puede leerse, entonces, como una operación de normalización que buscó restituir un orden simbólico amenazado por aquello que no podía ser clasificado.
Esta misma lógica se reconoce, bajo otras formas, en el campo obstétrico contemporáneo. Las mujeres que atraviesan el embarazo y el parto no sólo se enfrentan a intervenciones médicas, sino también a un entramado de expectativas que delimitan cómo deben comportarse, qué deben sentir y, fundamentalmente, qué lugar deben ocupar en relación con el saber. Aquellas que se ajustan a un modelo de docilidad —que delegan, que no cuestionan, que se adaptan a los tiempos y decisiones institucionales— son más fácilmente integradas en el sistema. Por el contrario, las mujeres que intentan sostener su palabra, expresar sus preferencias o ejercer un rol activo en la toma de decisiones suelen ser percibidas como disruptivas, difíciles o incluso riesgosas.
En este sentido, la violencia obstétrica no puede reducirse a un conjunto de prácticas inadecuadas o a fallas individuales, sino que debe comprenderse como el efecto de una racionalidad más amplia que organiza la relación entre saber, poder y cuerpo. Tal como ha sido señalado por Michel Foucault, el poder moderno actúa produciendo sujetos, modelando conductas y estableciendo normas que operan tanto a nivel institucional como subjetivo. En el ámbito del nacimiento, esta producción se traduce en la configuración de un tipo específico de paciente: colaborativa, confiada en el saber experto, desvinculada de cualquier pretensión de autonomía que pueda alterar el orden previsto.
A su vez, esta racionalidad se sostiene en mecanismos de legitimación que remiten a lo que Pierre Bourdieu conceptualiza como violencia simbólica: formas de dominación que no requieren imposición directa, ya que se inscriben en esquemas de percepción compartidos que hacen que las relaciones de poder aparezcan como naturales. En este marco, la desautorización del saber de las mujeres sobre sus propios cuerpos no se percibe necesariamente como una injusticia, sino como una consecuencia lógica de la distribución de competencias entre quien “sabe” y quien “debe ser asistida”.
La escena del discurso del “día del niño por nacer” permite observar cómo estas matrices simbólicas continúan produciendo efectos en el presente. El desplazamiento de la mujer como sujeto de enunciación y el borramiento de su historia no son meros recursos retóricos, sino condiciones que habilitan determinadas prácticas y excluyen otras. Al igual que en el caso de Jacoba, aquello que no encaja en el modelo —la palabra propia, la experiencia situada, la capacidad de intervención— tiende a ser atenuado, deslegitimado o directamente omitido.
Desde esta perspectiva, la articulación entre el silenciamiento histórico de Jacoba de Settesoli y las formas contemporáneas de violencia obstétrica no es metafórica, sino estructural. En ambos casos, se trata de operaciones que delimitan los márgenes de lo femenino aceptable, produciendo un orden en el cual sólo ciertas formas de presencia, de palabra y de acción son reconocidas como legítimas.
Reconocer estas continuidades no implica negar las transformaciones históricas, sino hacerlas más complejas. Permite advertir que, más allá de los cambios en los discursos y las instituciones, persisten lógicas profundas que organizan la relación entre género, poder y saber. En este sentido, el desafío no es únicamente visibilizar prácticas específicas de violencia, sino interrogar los marcos que las hacen posibles, abriendo la posibilidad de imaginar —y construir— formas de atención al nacimiento que reconozcan a las mujeres como sujetos plenos, portadoras de saberes y protagonistas de su propia experiencia.
Conclusiones
El recorrido propuesto a lo largo de este artículo permite afirmar que las formas contemporáneas de violencia obstétrica no pueden comprenderse únicamente como desviaciones de una práctica médica ideal, sino como la expresión actualizada de matrices históricas de regulación de lo femenino. La figura de Jacoba de Settesoli, relegada en la narrativa franciscana pese a su protagonismo efectivo, y la escena discursiva del “día del niño por nacer”, en la que la experiencia materna es simbólicamente desplazada, no constituyen hechos aislados, sino momentos de una misma lógica que atraviesa distintos tiempos y dispositivos.
En ambos casos, lo que se pone en juego es la delimitación de las condiciones de legitimidad de la presencia femenina: qué formas de participación son reconocidas, qué tipo de palabra es autorizada y qué experiencias pueden ser inscriptas en el relato colectivo. Aquello que desborda estos marcos —la autonomía, la capacidad de intervención, la voz propia— tiende a ser desplazado hacia los márgenes, ya sea mediante la omisión, la minimización o la desautorización.
Desde esta perspectiva, la violencia obstétrica no se reduce a prácticas visibles, sino que incluye una dimensión simbólica que actúa de manera persistente, configurando subjetividades y naturalizando jerarquías. La dificultad para reconocer a las mujeres como sujetos plenos en el proceso de embarazo, parto y nacimiento no es un problema contingente, sino el efecto de una racionalidad que históricamente ha organizado la relación entre saber, poder y cuerpo en términos asimétricos.
Recuperar figuras como la de Jacoba de Settesoli no implica únicamente un gesto de reparación historiográfica, sino una intervención crítica en el presente. Permite visibilizar que otras formas de lo femenino han existido —y existen—, y que su exclusión no responde a su falta de relevancia, sino a su potencia disruptiva frente a los órdenes establecidos.
En este sentido, pensar el nacimiento desde una perspectiva que reconozca a las mujeres como protagonistas de su experiencia no supone simplemente introducir mejoras en la práctica clínica, sino cuestionar los marcos simbólicos que han sostenido, y aún sostienen, su subordinación. El desafío no es sólo evitar la violencia, sino transformar las condiciones que la hacen posible.

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