Restorative Justice in Childbirth
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noviembre 15, 2025El cuerpo sabe, el espacio acompaña
Hospital Municipal Materno-Infantil de San Isidro (HMMISI), Argentina
Noviembre de 2025
Autores
- Dra. Laura Abojer, jefa del Servicio de Obstetricia, HMMISI
- Dr. Guillermo Javier De Cicco, jefe de Guardia; atención de embarazos de alto riesgo, HMMISI
- Obstétrica Nury S. Benavides, partera de guardia; a cargo del PIM, HMMISI
- Lic. Ivana Iriarte, Licenciada en Comunicación, puericultora y doula; a cargo del Servicio de Lactancia, HMMISI
Institución
Hospital Municipal Materno-Infantil de San Isidro (HMMISI)

Relato de una transformación del modelo de atención obstétrica desde San Isidro
Nuestra historia institucional no es muy distinta a la de la mayoría de los centros de nacimientos hospitalarios en América Latina: la historia de una maternidad que, durante muchos años, formó parte de un modelo de atención intervencionista, hegemónico, androcéntrico y medicocéntrico. El Hospital Municipal Materno-Infantil de San Isidro (HMMISI), ubicado en la provincia de Buenos Aires, Argentina, ha sido durante décadas un espacio de formación de numerosas promociones de médicos especialistas en Ginecología y Obstetricia y el lugar donde nacieron miles de niñas y niños.
Nuestra sala de partos era una sala hospitalaria “típica”: paredes blancas, luces frías, protocolos heredados, un reloj marcando que “el tiempo está por cumplirse”. Una camilla de hierro en el centro de la escena, con estribos para sostener las piernas de las mujeres, restándoles autonomía y obligándolas a parir en litotomía como única opción. Muebles de chapa, ruidos metálicos, la frialdad de los materiales… todo ello sumado a una cadena de decisiones que, demasiadas veces, dejaba afuera a quien paría y también a quien acompañaba.
En los últimos tiempos, sin embargo, comenzaron a respirarse otras cosas en esa sala. Y es eso lo que queremos compartir.
El punto de inflexión
En junio de 2024 recibimos la visita de la partera italiana Anna Maria Rossetti, directora de la Scuola Elementale di Arte Ostetrica (SEAO, Florencia, Italia), en el marco del proyecto internacional IPOV – Respectful Care (respectfulcare.eu), del cual nuestra maternidad forma parte. A lo largo del mes que duró su estadía, nos enriquecimos con su mirada transformadora, basada en el modelo salutogénico de atención integral de la maternidad (Verena Schmid) y en la Midwifery Care, que nos permitió comprender con claridad cómo el ambiente actúa como neuromodulador sobre el cuerpo que pare y la importancia de un entorno que acompaña.
Aparecieron nuevas palabras. Emergieron preguntas. Y se encendió un deseo: transformar la práctica obstétrica desde adentro.
Cuando el espacio también acompaña
Así comenzó a mutar el espacio. Un antiguo rincón del área de quirófano, casi olvidado, se transformó en una pequeña “casita”: un refugio íntimo, un templo. Un lugar donde la arquitectura no impone, sino que acompaña; donde la luz no invade, sino que abraza; donde el tiempo se vuelve poroso y el afuera se apaga. Comprender el nacimiento como un acto de profunda intimidad—y proteger esa sacralidad—es parte de nuestra función como equipo de salud.
Este cambio fue gestado 100% por el impulso y compromiso del propio personal, convencido de la necesidad de transformar el modelo de atención. Las mucamas (personal de limpieza) se acercaron en un día no laboral para pintar la sala; un grupo de parteras pintó mandalas y recicló muebles; médicos del Servicio de Obstetricia, residentes y el subjefe de Obstetricia colaboraron con herramientas para instalar cada detalle. Todo nació desde adentro, con el permiso institucional, pero sobre todo con la fuerza de una convicción compartida.
La sala de partos sin intervención pasó a ser, de alguna manera, un espacio común, gestado por manos colectivas, habitado por cuerpos diversos y sostenido por una visión compartida. Hoy florece como “un hogar de partos” para todas las mujeres que lo eligen.
Los siguientes textos reúnen dos relatos reales —los partos de Ana y Lucía, ambos ocurridos en esta sala—. Son experiencias vivas que muestran que, cuando el espacio escucha, el cuerpo habla. Y sabe.
Dos relatos reales: cuando el espacio escucha, el cuerpo habla
Una revancha — Ana
Casi medianoche. La intimidad de la maternidad era plena, pero el cuerpo no entiende de horarios para nacer. Ana llegó a la guardia con el trabajo de parto avanzado: su voz y su cuerpo lo decían. Había tenido un parto previo intervenido; esta vez eligió otro camino. Entró a la sala sin intervención como quien entra en una cueva sagrada: penumbra, luces celestes en movimiento como olas, el murmullo del mar proyectado en las paredes. Todo vibraba.
En cuatro apoyos, atravesó su propio mar interno. Entre el “no puedo más” y los silencios largos llenos de endorfinas, su cuerpo hablaba: la pelvis se abría, la respiración se volvía canto antiguo. El espacio contenía; la habitación no apuraba. La calma se respiraba en cada esquina.
El nacimiento fue en dos tiempos: cabeza, luego hombros, cuerpo, piernas. Enseguida, piel con piel. Sin interrupciones. Sin voces ajenas. Sin prisas. Solo ella, su hijo, su compañero y una atmósfera tibia. La sala se llenó de oxitocina, de alegría y lágrimas dulces.
Lucía
Lucía es muy joven; su compañero, Oscar, también. Al llegar, se percibía el ritual del cuerpo: sonidos, movimientos, presencia. Todo en ella decía: “estoy pariendo”. La sala, azulada y tibia, contenía el proceso. El silencio era vibrante. Lucía rugía desde lo más profundo. Animal. Humana. Mujer pariendo en libertad.
El cuerpo sabía, y el espacio también.
Oscar no solo acompañaba: respiraba con ella. En ese jadeo compartido había algo ancestral. La sala entera se transformó en una sola respiración, una danza de frecuencias, un equilibrio inédito entre tierra, madre, padre y cría.
Cuando la niña comenzó a descender por el canal de vida, Lucía cambió de postura, buscó aire, se abrió. Yamila, la partera que la acompañaba, le habló con respeto y le propuso acariciar la cabecita de su hija si lo deseaba. Dudó al principio; luego, sí. Porque cuando el cuerpo se siente seguro, encuentra su forma.
Aime nació en dos tiempos y fue recibida por su madre sobre su pecho: lágrimas, amor, oxitocina. La sala explotaba de emoción.
Lucía preguntó cuánto tiempo había pasado. Rió, contó anécdotas y abrazó fuerte a su hija. Se había transformado. Era una mujer nueva. Y Aime llegó sabiendo que ese espacio-útero externo la había esperado.







Lo que aprendimos
Una sala que muta. Un cuerpo que escucha. Un sistema que—tal vez—empieza a recordar.
Cuando el espacio escucha, el cuerpo habla. Y sabe.

